miércoles, 9 de julio de 2014

Semáforo en rojo

Todos los semáforos estaban en verde.
No tenía parada.
Corría sin que nadie le frenara.
Si alguno estaba en rojo, se lo saltaba, poniendo de excusa que estaba en ámbar.
Tenía muchos seguidores, los cuales tampoco tenían freno. Seguía corriendo. Avasallaba todo a su paso. Si alguien se perdía en su camino o paraba, buscaba a otros con los que seguir.
Pero hizo la vista atrás y vio que estaba solo. Ya los que le seguían desde siempre no se saltaban los semáforos en rojo. Paraban.
Ellos le decían que parase. Que al final acabaría chocando.
Pero el siguió solo.
Siguió corriendo en semáforos en verde, aligerando con el ámbar.
Corriendo, a lo lejos, vio uno en rojo y pensó no pararse.
Pero de repente se percató de algo. Alguien estaba cruzando. Pensó en avasallar con aquello que se estaba cruzando en su camino. Cada vez estaba más cerca. Empezó a ponerse nervioso porque no quería llevarse a nadie por delante pero tampoco quería poner freno.
Aquella persona se paró en medio, lo miró. Él frenó en seco haciendo que derrapara y cayera.
Su rabia se apoderó un momento de él pues alguien había frenado su camino.
Levantó la cabeza y miró a aquella persona que se había quedado en medio de la carretera cortándole el paso.
Miró a los ojos de aquella mujer, verdes como los destellos que le daban la vida para correr.
Ella le tendió la mano. Él se levantó, y agarrados de la mano se dispusieron a andar sobre la acera, protegiéndose de aquello que estaba siendo peligroso.

Por fin se dio cuenta de que necesitaba que alguien le frenara de todo aquello.
Por fin puso fin a una vida de locura y alcanzó la calma y la estabilidad.
Ya no se saltaría más semáforos en rojo.

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